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Al pensar con la cartera, se me parte el corazón

11 de octubre de 2012

Desconfío de la convocatoria del Movimiento Cívico “D’Espanya i catalans” para el 12 de octubre. Tras las sospechas de instigación política en la plataforma cívica que organizó la manifestación independentista del 11 de septiembre, me cuesta creer que esta otra sea más espontánea. En ambos casos, no hay nexos políticos directos, su lenguaje es impecable hasta donde yo he leído, pero las opiniones personales son las que son y hasta Crakòvia hace broma con el “a título personal” de Sandro Rosell (15′:33″). El discurso de los convocantes es el de la España plural; sin embargo, en los comentarios de su página en Facebook ya empiezan a aflorar los cafres de una España que no es la mía. Falange apoya la convocatoria en términos tranquilizadores, pero a su manera: “acudiremos sin partidismos ni protagonismo, cumpliendo las normas de la organización, es decir, solamente con la bandera nacional y con la regional de Cataluña”. Incluso cuando se moderan y mantienen en segundo plano, su discurso “regional” chirría. Por otra parte, algunos particulares empiezan a hacer asomar la bandera “nacional” por antonomasia, que no es la falangista sino la del aguilucho.

Los independentistas parecen jugar con ventaja, de momento no parecen tener problemas para confluir y congeniar activos moderados y radicales, conservadores y revolucionarios… Que Reagrupament decida hacer campaña para CIU, o que ERC siga en tratos con Laporta son algunas de las cosas que a mí me resultan difícilmente explicables (es evidente la comunidad parcial de intereses, pero hay que echarle tragaderas a todo lo demás). Tal vez yo sea demasiado escrupuloso, no sé 😕 Como lo veis vosotros/as?

El corazón partido

La actualidad política me está moviendo hacia posturas ideológicas impensables hace un par de años: antiespañolista y anticatalanista, y viceversa, a partes iguales. No parece que este sea el mejor momento para que nuestros dirigentes políticos se distraigan de los gravísimos problemas económicos y sociales que padecemos (si mis palabras molestan a Jordi Pujol, lo lamento, pero le está doblemente bien empleado por “españolista” y catalanista ;-); sin embargo, muchos catalanes están convencidos de que toda la culpa es de España (así en general, aunque especialmente del aparato estatal concentrado en Madrid) y con la independencia se arreglará todo. Hasta ahora nadie les ha demostrado lo contrario, porque quienes deben hacerlo están muy ocupados ninguneándolos (algunos lo interpretan como un desprecio), cuestionando lo que sienten y plantean o lo que deberían sentir y plantear (muchos lo interpretan como un insulto) o amenazándonos a todos con suspender la autonomía, echarnos de Europa, un boicot comercial, la invasión militar…

Mi catalanidad no está reñida con mi hispanidad, ni viceversa, es una consecuencia lógica de mi indiferencia ante el nacionalismo. Sin embargo, cuando el nacionalismo pierde el respeto por el diferente o por el disidente, mi indiferencia se transforma en antinacionalismo militante. El problema estriba en que los nacionalismos no sólo enfrentan a opciones y proyectos políticos, sino a personas y grupos con sentimientos personales y colectivos. Quienes tenemos la desgracia de sentirnos tan moderadamente españoles como catalanes, y viceversa, somos arrastrados al antiespañolismo y el anticatalanismo tras múltiples intentos infructuosos de atemperar, mediar y conciliar diferencias irreconciliables. Julia Otero lo describía recientemente de forma magistral.

Las posturas son irreconciliables porque no confrontan datos y razonamientos, sino emociones y creencias racionalizadas: lo decisivo no es demostrar, sino creer, y uno siempre puede creer lo que le dé la gana, faltaría más. También influyen el tipo de argumentos y las formas como se expresan pero, sobre todo, los sentimientos que movilizan… Y en esto los españolistas lo están haciendo especialmente mal: desde el menosprecio inicial del presidente del gobierno español que no pudo arreglar la cibercata del rey sin magia, hasta al ministro pirómano Wert, pasando por el vicepresidente del Parlamento europeo, Aleix Vidal-Quadras, y tantos otros. Los políticos y líderes catalanistas más destacados están teniendo mejor criterio a la hora de medir su mensaje y controlar su imagen. No son mejores (la principal idea que repiten -“expolio fiscal”, “España nos roba”- es tan parcial, injusta y destructiva como las de sus oponentes), pero se esfuerzan en parecerlo.

 


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